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October 06 PELICULA MEXICANAEL CIELO DIVIDIDO De nueva cuenta el realizador mexicano Julián Hernández (Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor, 2003) elabora una crónica de la desesperanza amorosa. Esta vez, sin embargo, todo ha cambiado. Es otro el paisaje social. Ya no los terrenos inhóspitos de Ciudad Azteca; en su lugar, el campus universitario y la zona rosa con sus antros de moda; la vieja condena al autoexilio urbano se ha vuelto frenesí deambulatorio por la discoteca como espacio de ligue y azote juvenil; el lacónico blanco y negro de la fotografía cómplice de Diego Arizmendi es hoy el inquieto movimiento de cámara de Alejandro Cantú en torno de una pareja, con sucesión Benetton de besos homoeróticos, antes transgresores, hoy reiterativos. En su nueva apuesta estilística (recurso al color, largos planos secuencia, elogio del silencio), Julián Hernández ensaya las festividades del rencuentro y el final feliz. Dos chicos se aman, un tercero en discordia divide el firmamento dichoso e instala la desesperación; hay pocos diálogos, varios desbordamientos líricos en off, y en conclusión el paraíso recobrado de la pareja. El cine queer se ha vuelto reliquia, la transgresión moral un estorbo en el flamante edén de tolerancia, y los jóvenes corazones gay viven un limbo sentimental con previsible retribución venturosa. En sus cortos y su largometraje anterior el director jamás ocultó su admiración por Pier Paolo Pasolini. Algunas imágenes desgarradoras remitían a las atmósferas del ligue callejero, al amor no correspondido, a la promiscuidad sexual, y en ocasiones al linchamiento homofóbico. Sus jóvenes eran parias, o al menos deambulaban por los territorios de Una vida violenta, sin permiso de nadie, sin arraigo a la vista, y sin esperanza de redención a cuadro. Lo más alejado de estos seres errantes, viviendo en carne viva la marginalidad y el recelo social, era justamente el diseño de una comunidad gay solazada en la aceptación social y en la complacencia del reventón programado. Una cultura juvenil del consumo y la tolerancia fue precisamente lo que llevó a Pasolini a redactar un texto célebre, Refutación de la Trilogía de la vida (Corriere della Sera, abril, 1975), donde denunciaba a una generación no sólo víctima de la estupidez burguesa, sino cómplice también de ella. Advertía entonces el cineasta: “La lucha por la democratización de la expresión y por la liberación sexual se ha visto brutalmente rebasada por un poder consumista que concede una tolerancia enorme y falsa”. Luego de esa refutación del edén sensual de El decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches, Pasolini dejaría un sulfuroso film testamento, Saló o los 120 días de Sodoma. Tres décadas después el retrato de ese mundo juvenil mediatizado, no ha perdido ni su actualidad ni su virulencia. Y era ese retrato lo que diferenciaba al cine marginal de Julián Hernández de las visiones sonrientes del cine gay comercial, aproximándolo en lo posible a una vertiente queer sin mayores antecedentes en México. En El cielo dividido sorprende el vuelco radical de un punto de vista que hoy se inaugura optimista. Su visión de una sociedad tolerante hacia los gays contrasta con la realidad. De acuerdo con una encuesta en México (Mitofsky, enero 2007), 54 por ciento de las personas interrogadas no aceptaría convivir con una persona homosexual. Julián Hernández imagina un mundo distinto, de orgullosa visibilidad, sin discriminación ni violencia homofóbica, y su propuesta de armonía universal le lleva a concebir, según sus palabras: “Una cinta de propaganda amorosa... que apela a que cuando acabe la función el público llore, y que en ese momento la gente saque su celular y llame a esa persona para decirle que se ha dado cuenta de todo, y que aún existe una posibilidad, y que Dios nos ha dado la oportunidad de vivir algo así” (Diario Monitor, 24 enero 2006). A su modo, el director ha elaborado, como Pasolini, una refutación de su trabajo anterior, aunque en un sentido muy opuesto. Han pasado más de 30 años y los tiempos son otros, y otro el sentido de una revuelta, ausente aquí o sublimada en abandono sentimental y en contemplación estética. El cielo dividido es el retrato de un desencanto juvenil, con sus dudas y sus azotes, su anhelo de aceptación, sus regocijos y sus llantos. Un acercamiento intimista a una generación, jóvenes gay de clase media, que a la crisis del desempleo y a la incertidumbre opone la combustión de sus entusiasmos afectivos. October 05 homofobiaHOMOFOBIA La homofobia es una enfermedad psico-social que se define por tener odio a los homosexuales. La homofobia pertenece al mismo grupo que otras enfermedades parecidas, como el racismo, la xenofobia o el machismo. Este grupo de enfermedades se conoce con el nombre genérico de fascismo, y se fundamenta en el odio al otro, entendido éste como una entidad ajena y peligrosa, con valores particulares y extraños, amenzadores para la sociedad, y -lo que es peor- contagiosos. La homofobia, como las demás variantes del fascismo, prepara siempre las condiciones del exterminio. Pasiva o activamente crea y consolida un marco de referencias agresivo contra los gais y las lesbianas, identificándoles como personas peligrosas, viciosas, ridículas, anormales, y enfermas, marcándoles con un estigma específico que es el cimiento para las acciones de violencia política (desigualdad legal), social (exclusión y escarnio públicos) o física (ataques y asesinatos). Mientras que a lo largo del siglo XX los movimientos por la igualdad han conseguido importantes avances en los derechos de otros colectivos estigmatizados o excluidos, como las minorías raciales o las mujeres, la homofobia sigue perviviendo en la sociedad impunemente, sin que haya una conciencia colectiva de su peligro. Muestra de esta situación es que, por ejemplo, todavía en muchos países las relaciones homosexuales están penalizadas, se escuchan chistes de mariquitas en los medios de comunicación, lesbianas y gais son agredidos por bandas de neonazis, se hacen redadas policiales en los locales de ambiente gais, y sus derechos no están equiparados a los de las personas heterosexuales. Todo el mundo recuerda que los nazis exterminaron a varios millones de judíos; nadie recuerda que también exterminaron a cientos de miles de homosexuales, y que tras la derrota nazi muchos de ellos siguieron en prisión porque en Alemania (antes y después de la 2ª Guerra Mundial) la homosexualidad era delito. A nadie se le ocurre hoy hacer un chiste antisemita en la radio o en la televisión; en cambio, todas las semanas escuchamos chistes homófobos en estos medios. ¿Por qué? Porque aún no hay instrumentos suficientes para que la homofobia sea nombrada, pensada, combatida con rotundidad. 1997 fue el Año Europeo contra el racismo y la xenofobia, hubo cientos de actos para concienciar a la sociedad contra estas variantes del fascismo; no se celebró ningún acto contra la homofobia. La Real Academia se ha negado a incluir el término "homofobia" en el diccionario, tras solicitarlo varias veces distintos colectivos gais y antirracistas. La homofobia tiene una larga tradición en la historia de la humanidad, no tiene un origen único, ni una cabeza visible, ni un objetivo, ni una razón histórica, está enraizada en diferentes culturas, épocas, clases sociales, instituciones. ¿Cómo combatirla? He aquí algunos frentes:
- Desde la infancia: los niños aprenden de lo que ven y oyen. En un hogar donde los padres (o uno de ellos) son homófobos, donde se escuchan comentarios o insultos contra los homosexuales, se está fomentando la futura homofobia de los niños. Esto tiene dos graves consecuencias para ellos: si el niño/niña tiene deseos homosexuales, se verá traumatizado por ese ambiente hostil y será incapaz de poder asumir con naturalidad su deseo; además -independientemente de su opción sexual- estaremos criando a un futuro homófobo, y reproduciendo por tanto un sistema fascista. Los padres deben tomar consciencia de esta situación. - Desde la escuela: la escuela es un lugar fundamental de socialización y adquisición de valores; es imprescindible introducir en las escuelas programas educativos tolerantes con las diferemtes opciones sexuales y críticos contra la homofobia, y que los docentes se comprometan en esa misma crítica. - Desde el lenguaje: el lenguaje cotidiano está lleno de expresiones homófobas, que traducen y legitiman ese estado de odio y agresión: maricón, dar por el culo, bollera, tortillera, ir a tomar por el culo, bujarrón, sarasa, moña... la riqueza del castellano en este ámbito es casi ilimitada, fiel reflejo de nuestra igualmente rica tradición homófoba. Hay que denunciar ese lenguaje, desenmascarando su violencia interna, e incluir el término "homofobia" en el diccionario. - Desde las instituciones: el Estado, el Ejército y la Iglesia son tres instituciones tradicionalmente homófobas. El Estado aprueba el matrimonio entre parejas de distinto sexo, concediendo unos derechos legítimos a estos ciudadanos, y margina por razones de orientación sexual a otras personas, lo cual es inconstitucional. El Ejército persigue activamente a las personas homosexuales cuando están bajo su jurisdicción, e inculca valores homófobos y machistas. La Iglesia Católica, fiel a su histórica tradición de promotora de exterminios, sigue atacando las relaciones homosexuales con declaraciones agresivas, y promoviendo el odio hacia las personas homosexuales. Lo mismo ocurre con la mayoría de las demás religiones del mundo. Por tanto, hay que exigir a estas instituciones que abandonen sus posiciones homófobas y que colaboren a erradicar la persecución contra gais y lesbianas. - Desde los movimientos sociales y políticos: los grupos de crítica social, tradicionalmente identificados con el nombre genérico de izquierda (socialismo, comunismo, anarquismo, etc), siempre han dejado de lado el problema de la homofobia, cuando no han participado activamente en ella (Castro, Stalin). Las ONGs antirracistas tampoco han tomado conciencia hasta hace poco de la necesidad de incluir el trabajo contra la homofobia como uno de sus objetivos. Los grupos políticos conservadores siempre han estado a favor de la homofobia (Reagan, Tatcher), financiando a grupos parafascistas homófobos, o rechazando iniciativas legales de igualdad (Felipe González, Aznar). - Desde el mundo académico-científico: el discurso médico tomó el relevo en el siglo XIX a la religión en la tarea de estigmatizar y reprimir ciertas opciones sexuales: de ahí nace a finales del XIX la categoría de homosexualidad como enfermedad, una de las raíces de la homofobia del siglo XX. Los discursos médicos, psiquiátricos, sociológicos, y de la ciencia en general deben abandonar sus estrategias de segregación y dejar de señalar la homosexualidad como algo específico, desviado, anormal o enfermizo. - Desde los medios de comunicación: la radio, la prensa, la televisión, transmiten continuamente imágenes y contenidos homófobos. Por ejemplo, cuando hay un asesinato, si el asesino es gai, se incluye este dato como relevante en el titular, si es heterosexual se omite. Esa manera de dar una noticia es abiertamente homófoba, y manipuladora. La radio y la televisión emiten chistes que hacen escarnio y burla de lesbianas y gais, e introducen imágenes pintorescas para ridiculizar a los homosexuales. Los profesionales de estos medios deben comprometerse para abandonar ese tipo de prácticas homofóbicas. - Desde los propios homosexales: gais y lesbianas tenemos la responsabilidad de luchar contra la homofobia, organizándonos, manifestándonos, saliendo del armario, perdiendo el miedo, reivindicando nuestros derechos, denunciando las agresiones, haciéndonos visibles para atacar a los homófobos, para que el resto de la sociedad sepa que existimos y entienda que la lucha contra el fascismo es una lucha de todos.
"Se llevaron a los gais, pero como yo no lo era, no me importó. Ahora se me llevan a mí, pero ya es tarde"
Este es el verso que Brecht olvidó incluir en su poema. |
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